/* Blog de Alejandro Cataldo

miércoles, junio 17, 2009

Carta dirigida al Director de El Mercurio con ocasión de la muerte de Don Gerardo Claps Gallo a quien admire y quise mucho, Un gran hombre, Antofagastino y Chileno.
Señor Director,

Apenas hoy me he enterado que Don Gerardo Claps G. ha muerto. Lo conocí, admiré y tuve el privilegio de ser de aquellos a quien Don Gerardo siempre recordó. Ahora me dirijo a usted con el sentir triste en el corazón y con las ganas de rendir un pequeño homenaje a quien siempre consideré un Padrino y al que le debo parte de lo que soy. A Don Gerardo no sólo lo aprecié, también lo respeté y lo admiré. Por eso, el impacto que me ha dejado la triste noticia de su partida al mundo de los eternamente recordados hace que en mi mente exploten los recuerdos de nuestras tertulias. Recuerdos que se rehúsan a desaparecer como si de esta forma pudiera hacerlo resucitar o por lo menos perpetuar. La distancia del tiempo hace que el más fuerte de estos recuerdos sea el de los últimos momentos que pasé con él y que quisiera con desesperación compartir.

Fue sólo 30 días atrás cuando de visita a mi perla del norte, lo llamé como siempre lo hice cada vez que volvía a mi ciudad natal. Él me contestó con esa alegría que siempre me respondió diciéndome que había estado pensando en mí, que deseaba entregarme su último libro y uno dedicado a Pedro León Gallo. Nos pusimos de acuerdo, lo esperé en la salida de su casa, no quise entrar, fuimos a comer a un pequeño restaurante de excelentes pastas ubicado en el centro de Antofagasta. Él me recomendó un plato especial, conversamos, se notaba alegre, vivo y ágil. Con especial lucidez, trajo a la memoria cosas que compartimos hacía mucho tiempo pero que yo, cuarenta años menor, ni siquiera podía recordar. Lo admiré más: ¿cómo era posible que este anciano tuviera una mente tan clara, sana e iluminada? Me pregunté. Luego caminamos hasta Condell, queríamos tomar una micro que nos sirviera a ambos. Nos subimos a una 112, la máquina 54 recuerdo. El conductor le dice efusivo “¡Don Gerardo!”, se conocían, él con afectuosidad le devolvió el saludo y se sentó como copiloto. A mí en cambio la presión de las personas que subían y subían me obligaron a quedarme en medio del pasillo, no lo vi más pero escuchaba como conversaban, dialogaban de sus vidas, del tiempo que no se han visto. Fueron sólo 15 minutos. Don Gerardo, a punto de bajarse, sin poderme ver, con su voz rasgada y suave lanza un saludo: Adiós Alejandro. Yo, tímidamente, sólo opté a responder: Hasta luego Don Gerardo. Nunca imaginé que esa despedida sería la última que nos daríamos.

Le escribo, señor director, porque no conocí a nadie de su familia y no tengo cómo dar mi pésame, quisiera pedirle publicar mi carta para que de esta forma pueda entregar un testimonio a quien en vida fue lo más cercano a un sabio y hombre de bien que conocí. Finalmente quisiera repetir públicamente mis últimas palabras hacia este Gran Hombre Antofagastino:

Hasta luego Don Gerardo

Dr. (c) Alejandro Cataldo C.
Pontificia Universidad Católica de Chile
http://www.dcc.puc.cl/inv/DiagnosticoPYME

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