/* Blog de Alejandro Cataldo

jueves, octubre 26, 2006


La dura represión hacia los estudiantes, un reflejo de nuestra cultura

Historiadores como el premio nacional Gabriel Salazar y sociólogos como Felipe Portales han coincidido en que los chilenos tenemos como sello cultural el ser amantes del orden y la disciplina. Es una conducta aprendida e incorporada en el colectivo desde tiempos de la colonia que se ha reproducido hasta nuestros días como una identidad nacional. El rechazo al alboroto nos ha permitido crear una nación relativamente estable en lo político pero a la vez nos ha significado grandes desencuentros cuando la inercia social se ha tendido a romper.

Menciono lo anterior porque de esta forma podemos comprender el desenlace que ha tenido la “revolución pingüino II” en la que el resultado ha sido la expulsión de los estudiantes y la aprobación colectiva de esta sanción. En efecto, en la primera vez, cuando los estudiantes se tomaron las escuelas y pusieron en la discusión nacional el tema de la educación chilena y su escasa calidad, dejaron a todos, expertos y neófitos, en silencio. No era para menos. Ellos habían tomado la batuta en algo que por años habíamos reconocido pero que nunca habíamos solucionado. Y lo hicieron de la mejor forma: ordenadamente. Se toman las escuelas pacíficamente y no realizan actos escandalosos que riñeran con la paz y el orden nacional del cual somos tan amantes. Aquella vez, todos nosotros nos sentimos orgullosos de nuestros niños. Al final, un éxito rotundo: creación de una comisión pluralista encargada del tema, el apoyo y aprobación nacional del movimiento y hasta la caída de un ministro (probablemente: una medida injusta). Los resultados de la segunda “patita” fueron totalmente diferentes ¿qué fue lo distinto si se procedió casi de la misma forma? La respuesta: nuestra propia cultura. En esta ocasión, no podíamos aceptar que por segunda vez nos alteraran nuestro orden y que unos “cabros chicos” indisciplinados nos vinieran a dar lecciones a los “moderados” adultos. Ya se les había escuchado y dejado expresarse, pero una segunda vez no era tan aceptable.

Es aquí donde aparece otra de nuestras características denunciadas por sociólogos: la represión dura a los actos de desobediencia. Esto explica cómo un alcalde es capaz de expulsar a 44 estudiantes no sólo del colegio sino también de la comuna y que las mayorías ciudadanas sostengan un silencio cómplice. También revela cómo el propio Ministerio y el Gobierno con su tibia reacción, han dado su venia a la medida que atenta contra la misma libertad de educación que la Constitución consagra y que el Gobierno debe proteger. La medida en sí es un mensaje: “castigaremos duramente a los alborotadores del orden y las disciplina” o cómo se mencionó en los medios esta es “una medida ejemplificadora”.

Pero este castigo no sólo se da en el escenario público sino también en el privado. En el Mercurio del domingo 22 de octubre aparece cómo uno de los expulsados es recriminado por sus padres y hermanos mayores con frases típicas nuestras: “Para qué te fuiste a meter en esto; tendrías que haberte dedicado a estudiar (…)”. Es nuestra reacción más dura, es el lado oscuro de nuestra identidad, es lo que Robert Stevenson representó en su clásico cuento el “Doctor Jake y Mister Hyde”. Es el mister Hyde de este amor por el orden.

Entonces la conclusión es que en nuestro afán de mantener ordenada y disciplinada a nuestra sociedad, somos capaces de castigar severamente a los que osan perturbarla y ese castigo cae por igual a todos quienes se atreven a agitar las aguas. Y en pro de seguir adorando a la diosa “Disciplina” somos capaces de pagar cualquier precio, inclusive el de destruir a través de la exclusión a nuestros propios jóvenes y futuros líderes, a los que piensan y a los que participan. Pero esto no se quedará así, tarde o temprano los jóvenes volverán porque esta vez: ellos tienen la razón de su lado.

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